Se aprende mucho de la ingratitud de aquellos que se alimentan de su codicia, sin entender que en la vida todo tiene su tiempo y espacio. La ingratitud es la peor condición del ser humano, porque carece de la equidad a que todos queremos acceder cuando esperamos un trato justo.

Es la respuesta del resentimiento que emerge luego de alcanzar posiciones que nunca podrán cambiar lo que verdadera y espiritualmente han sido, mediante manifestaciones auténticas de petulancia e indiferencia que exhiben acompañando sus propósitos.

La ingratitud los lleva a pensar que el poder es eterno, que los exonera de sus carencias y no llegan a comprender que el tiempo se disfraza de justicia y los persigue como sombra de su insensibilidad; de ahí que practican la simulación para enmascarar de lo que siempre han adolecido, el sentir la gratitud. Ortega y Gasset señaló: “El hombre es él y sus circunstancias”, y una de ellas es la embriaguez de poder con el cual nunca llenan el vacío de sus miserias, manteniendo así en su hábitat la manipulación como respuesta de su perversidad, enseñándonos que su codicia jamás será satisfecha.

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